La adaptación de la exitosa primera novela de la escritora Isabel Allende se posicionó como una de las ficciones más vistas de Prime Video en este primer semestre y sus libros han conseguido llegar a nuevas audiencias, gracias al proyecto impulsado por la actriz Fernanda Urrejola y la cineasta Francisca Alegría. En Teleseries.cl quisimos conocer más profundamente a quienes pudieron plasmar la esencia de la novela a través de la pantalla mediante una amplia y minuciosa labor para unificar iluminación, color y espacio físico dentro de una ambiciosa coproducción internacional. Marichi Palacios, que también ha destacado tanto en proyectos extranjeros y nacionales, como, por ejemplo, “Isabel”, “42 Días en la Oscuridad”, “Baby Bandito” y “Poemas Malditos”, con esta última fue premiada a Mejor diseño de producción en el Festival Internacional de Cine de Valencia Cinema Jove, tuvo la labor de liderar la dirección de arte de esta miniserie. Aquí nos cuenta de su experiencia en la ficción sobre la saga de la familia Trueba Del Valle.
Por Pablo Carrasco.
¿Qué te pareció el resultado final de “La Casa de los Espíritus”?
Extraordinario. Hay muchísimo amor y sensibilidad en esos ocho episodios. La gente se ha sentido representada y orgullosa, y eso es algo maravilloso. Es difícil ver la miniserie y distanciarse de haberla hecho; es un ejercicio que, como trabajadora del medio audiovisual, siempre me cuesta. Estuviste ahí, y tu cabeza inevitablemente vuelve a esos recuerdos. Sin embargo, logré encantarme con la narración y conectarme como espectadora: sentir la miniserie, emocionarme y disfrutarla profundamente.
Cuéntanos en qué consiste la dirección de arte.
La dirección de arte tiene una doble misión dentro de nuestra pequeña industria. En términos generales, el director de arte es quien imagina el mundo donde ocurre la historia y concreta de manera tangible los espacios en los que habitan los personajes, ya sea a través de locaciones intervenidas y transformadas o de escenarios creados desde cero. Además, dialoga constantemente con la apariencia de los personajes dentro de esos espacios, conectando su trabajo con vestuario y caracterización. Cuando los proyectos crecen en envergadura y complejidad, resulta imposible que una sola persona abarque todo. Por eso aparece la figura del diseñador de producción, heredada de las grandes industrias audiovisuales. Él mantiene el rol de gran imaginador de mundos y delega en el director de arte la materialización concreta de esos universos. Ese fue mi trabajo en “La Casa de los Espíritus”: tomar las ideas de Rodrigo Bazaes, diseñador de producción, y hacerlas realidad para que pudieran convertirse en el escenario vivo de la filmación.
¿Cómo estuvo compuesto tu equipo de trabajo?
Fuimos un equipo de trabajo tremendo, enorme y colosal. Desde dirección de arte trabajé apoyada por dos grandes pilares: por un lado, la productora de arte Javiera Parra y su equipo, encargados de que todas las realizaciones se mantuvieran dentro de un presupuesto —siempre limitado— y de coordinar que todo ocurriera en los tiempos necesarios para cumplir con el plan de rodaje. Por otro lado, el equipo de escenografía a cargo de Felipe Cáceres, que construyó intervenciones y montajes en distintos lugares de Chile, armando y desmontando estos universos mágicos. Además, contamos con el equipo de ambientación, encargado de vestir cada set con mobiliario y detalles únicos; el equipo de utilería, responsable de todos esos objetos que cobran vida en escena —libros donde se anota la vida, manteles bordados a mano y un sinfín de pequeñas joyas—; y un equipo de diseño gráfico que recreó piezas históricas correspondientes a las cinco décadas que atraviesa la serie. En total fuimos más de 120 personas: artistas, artesanos, investigadores, estrategas y técnicos que dimos vida al departamento de arte.
¿Qué fue lo más desafiante al tratarse de una adaptación literaria y una realización de época?
Lo más desafiante para mí fue coordinar que todo fuera posible, realizable, y que además alcanzara el nivel de excelencia al que aspirábamos. Retratar cinco décadas no es una tarea simple. La investigación inicial fue clave: meses de búsqueda y selección minuciosa de referencias y detalles. El rodaje se realizó con dos unidades filmando simultáneamente, y cada montaje era complejo y muy ambicioso. Trabajamos en casas patrimoniales de Chile, lo que nos obligó a intervenir cada espacio con extremo cuidado. Nada de lo que aparece en la miniserie fue utilizado tal como se encontró: absolutamente todo fue transformado en color, textura y mobiliario. Y cada intervención debía luego volver cuidadosamente a su estado original. El despliegue humano fue gigantesco. Mantener una idea y un concepto visual coherente hasta el final, sostener la energía del equipo y cuidar cada detalle se convirtió en mi bandera de lucha. Creo profundamente que esa devoción colectiva por hacer algo hermoso es justamente lo que quedó plasmado en pantalla. El equipo siente un enorme orgullo por el resultado, y eso tiene muchísimo valor. Fuimos una gran orquesta sonando afinada: un desafío inmenso y profundamente emocionante. Además, contar la historia de un libro que me voló la cabeza a los dieciséis años e intentar incluir discretamente la mayor cantidad posible de detalles del universo original en los espacios de los personajes, fue una forma hermosa de darle verdad al mundo creado por Isabel Allende.
¿Qué consideras lo más valioso de la dirección de arte de una producción audiovisual que normalmente no es mencionado?
La dirección de arte tiene la misión de concretar un universo —en este caso, uno mágico— pensado para contar una historia. Lograrlo es, para mí, como subir un cerro empinado que nunca termina. Es un trabajo difícil, especialmente cuando se trata de reconstrucción de época. Es un oficio de enorme sensibilidad, que debe ser capaz de crear contextos verdaderos para el desarrollo emocional de una escena y de la vida de los personajes. La responsabilidad es gigante, pero también es un trabajo profundamente hermoso y colectivo, donde todas las piezas son fundamentales. Para mí, lo más valioso es el equipo de trabajo. Aunque muchas veces se menciona su importancia, creo que es imposible dimensionar realmente lo que significa reunir tanto talento diverso para crear una pieza única. Siempre me emociona que eso ocurra, porque parece casi imposible. Pienso que funcionamos como un reloj suizo: cada persona aporta una pieza precisa que engrana perfectamente con las demás y se mueve al unísono. Y es justamente ahí donde finalmente sucede la magia.
Fotografías gentileza Amazon MGM Studios.
